domingo, 30 de diciembre de 2018

Un Silvestre Colgando Del Tejado.



En esta noche cálida de Diciembre se vislumbra sobre el eje del tiempo un raído deseo de volcar algunas letras sobre este espacio incierto de contrastes cibernéticos. Un olor festivo inunda el ambiente. Afuera, las familias se preparan para una nueva celebración de año nuevo o, como le llaman en Alemania, de San Silvestre. (mi mente divergente no puede evitar visualizar por unos segundos a un montón de alemanes felices en torno a alegorías del gato de Looney Tunes, sabiendo que está lejísimos de referirse a aquél minino)
Este San Silvestre, al igual que ha sucedido en estos últimos tres años, traerá consigo algunas diferencias. Pero esta vez las diferencias no me afectan a mí. Me rodean.
Los años anteriores mi festividad se tornaba reflexiva en base a lo realizado, lo pendiente, lo proyectado y lo perdido, mientras que hoy; viñetas de proyectos y giros de reloj de mi entorno, me marean y confunden. Nunca he padecido de aquella necesidad de control que poseen ciertas personas, tampoco requiero demasiado tiempo o visceralidad para tomar decisiones importantes: Reflexiono lo suficiente, evalúo, tomo cálculos y me precipito. Así funciona mi existencia. Ahora, no obstante, dentro de mis cálculos, siempre está la posibilidad de perder o de transigir.
En mi entorno, en cambio, todo parece dar vueltas en un eje de emociones contradictorias, espejos sucios, café frío, ropa clasificada, cartas, deudas y un sinfín de dimes y diretes que parecen tener una trayectoria circular. Y sin embargo un eje concreto. Todo está claro. Todo está dicho, pero en el infinito poder del lenguaje, sigue existiendo la sempiterna posibilidad de extraer más. De herir más. de sofocar más. De expulsar más. Esconjurar como dicen en portugués.
Cada nuevo paso, un torrente de nuevas palabras. Ríos y volcanes que confluyen.
Y este nuevo trópico que crece en el lugar que llamo hogar, comenzó este pasado miércoles con la repentina y acordada decisión entre mi madre y su marido de divorciarse. Y al igual que en los libros de historia que pueblan los estantes, ha comenzado el proceso de re estructuración y división de todo.
Ojalá dividir emociones e ideales fuese tan simple como repartir muebles.
El festival de orgullos y lamentaciones da por iniciada su temporada alta por acá. En plena víspera de año nuevo.
Y yo, silente, tratando de ocupar el más mínimo espacio. De hacer el menor ruido posible. De existir dentro y fuera del eje a la vez, contemplando la jungla que se esparrama en los sillones, en el piso de la cocina y repta por las paredes tratando de meterse en los cajones que ahora se dejan con llave.
Una guerra sin guerra.
Me siento paralizada en medio de un carrusel que gira con una música lenta y febril. A ratos agradezco no ser parte del movimiento ni de la selva, aunque a veces deba cortar alguna rama para poder pasar. Toda una "Barbara Blade" sobre poleas y lianas. Y acá debo estar. Algo en mis entrañas (la sangre tira, dice el conocimiento popular) indica que debo estar ahí por si se me necesita para apoyar...¿En qué? Lo ignoro. Pero algo habrá que se pueda hacer, aunque sea servir un poco de té o llenar cajas.
Y mañana se viene San Silvestre en casa de mi abuelita con demencia que, hoy ha pronunciado su nutrida sentencia de madre y abuelita con demencia: "Bueno... No es la primera ni la última que se divorcia". Un rayo de luz en medio del caos.

Mientras tanto los medios locales hablan del festejo, de la posibilidad de prohibir la pirotecnia masiva en pro de los animales domésticos y los niños con autismo; de lo difícil que es y será limpiar la sangre mapuche del comunero asesinado de los estandartes del orden, la justicia y la patria. (aún no inventan un quitamanchas hecho de amnesia, me temo); del accidente casero que tuvo Lucía Hiriart, viuda del dictador Pinochet y uno de los pocos símbolos humanos vigente tras el "retorno de la democracia", que, a mi parecer, es una prueba fehaciente más de lo bien que funcionan los sistemas de salud privados. De atenderse en el Sótero, este longevo emblema político, estaría igual de cómoda que ahora, pero reposando dentro de su ánfora sepulcral.

Mañana se vendrán los saludos masivos hipócritas de red social. Las flores tipo gif, los etiquetados "en patota", los abracitos furtivos y esa alegría anestésica momentánea de una noche.
Porque tú lo vales.
Porque el pueblo lo merece.
Y por qué no decirlo, porque es una instancia más para compartir afectos. Afectos auténticos, claro, los demás, son como guirnaldas biodegradables en un patio cualquiera.
Y el martes a recoger y a descansar para continuar los procesos ya comenzados por todos. Me incluyo. Dejaré que el carrusel se vaya apaciguando, y que la selva se despeje hoja a hoja, gota a gota, piedra a piedra.
Más que mal, no es la primera ni será la última, ¿Verdad?
Aunque este año el gato Silvestre cuelgue del tejado.








miércoles, 3 de enero de 2018

Y un nuevo ciclo comienza...


"Cuando el pescador no puede salir de pesca, permanece en su hogar,  reparando sus redes"
Así reza un antiguo consejo proveniente de la cultura egipcia. 
Así comienza para mí, y para muchos, creo yo, este nuevo año 2018. 
Las cosas están siempre en movimiento. las cosas y las personas. He visitado a mis amistades, renovado mi guardarropa, tomado algún helado en solitario y caminado lento en una ciudad acelerada y atestada de gente. Es pronto para mí. es pronto para salir al mar. 
Y mientras yo me dedico a mis reparaciones internas, la sociedad en que vivimos no da tregua a sus propios récords: personas rayando el metro y dejándose grabar y odiar por los pasajeros; Youtubers ingresando en el bosque del suicidio en japón para fotografiarse junto a un cadáver; un ex presidente, bien conocido por sus niveles de frialdad social y temas bancarios reelecto por un electorado temeroso de aquello que desconoce. (Una duda es mucho más poderosa que una verdad) Una campaña de terror bien elaborada con argumentos sencillos y tajantes. 
La tecnología nos ha traído unos disgustos con surtidos sabores y colores. Algunos de ellos incluso con olor. El olor a decadencia de una sociedad que en algunos puntos está ya podrida. No se trata de una manzana sino de millares de ellas. La desinformación de medios masivos, la prostitución ideológica, que suele ser más cruenta que las de otros tipos. la retroalimentación de la falsedad para lograr fuerza social y aprobación  de masas; los inventos de la pseudo ciencia en pro de lucro; mientras la verdadera ciencia combate enfermedades incurables y se desenvuelve en el silencio y el anonimato de laboratorios maltrechos y faltos de recursos. 
Esa es mi sociedad... La que todos construimos con nuestro actuar diario. la que se mueve como una marejada que retrocede y avanza, salvo que esta marejada no es impulsada por fuerzas naturales sino por el interés de unos pocos, que dirigen y re dirigen las directrices de las leyes y del orden. 
Y la ciudadanía, inmersa en la tecnología, consume a diario todo lo que le quieren inculcar. como un obediente hijo que traga todas sus pastillas antidepresivas, sin tener depresión, para que sus padres vivan más tranquilos sin el peso de sus travesuras y su inquietud innata. (heredada de ellos, por cierto) La causa y el efecto, mezclados en un constante vaivén que, muy de vez en cuando, invierte los roles. 
Y las personas no miran al titiritero. Ni siquiera miran las cuerdas, sólo ven a los títeres danzando, entreteniendo y declamando sus planteamientos. 
Es más fácil tener una conciencia dormida e inerte que reflexiva y defensiva. Es más fácil digerir contenido que buscar las fuentes, comparar, pensar, hilvanar ideas propias...y en base a esas ideas seguir construyendo un lugar mejor para vivir. Para las masas, para los tuyos y para los míos. 
Y acá estoy, con las manos en la cintura, observando el mar...porque aún no puedo salir a pescar. 
Pero cuando salga, de seguro no será para estacionarme en la orilla, sino para llegar tan lejos como pueda, según el favor del viento y de mi porfía. 








sábado, 25 de noviembre de 2017

Cambios.


Y los cambios llegan para quedarse.
De pronto, no lo percibes y estás inmerso en una vorágine de ideas, plazos, metas, personas que requieren de tu atención más todos tus yo internos clamando por un poco de aire, porque cuando se viene la ola mutante, no tienes tiempo para esos yo internos y te lo pasas haciéndolos callar y apaciguándolos con "agüita perra" (de limón para mí, por favor).

Las personas optimistas solemos pensar que todo es temporal, especialmente lo que no nos gusta, no obstante, tratamos de animar al resto a ver si algo de ello nos salpica un poco. Como cuando riegas el jardín en un día de calor e intentas que el agua te llegue disimuladamente.

El amplio espectro de ideas de una persona como yo, no facilita las cosas. Trato de proyectar, pero mi proyector está averiado ya que algunas piezas han sido prestadas a mis seres queridos, o sea, no puedo poner alfileres de plan sobre una hoja ocupada y/o con trozos faltantes. Todo parece disiparse muy rápido. La gente parece no entender que sin equipo no hay progreso, hay desgaste: y que el desgaste genera agotamiento y malas decisiones.
El tiempo pasa a velocidad de taco carretero y en ocasiones parece detenerse por completo.
Los altibajos del día a día más ese sabor a incertidumbre se mezclan con la sonora vitalidad de las pequeñas alegrías cotidianas.
Ahí vamos otra vez, a cambiar nuevamente.
Y ahí vamos otra vez...resistiendo, aunque sólo sea un asunto temporal de tiempo incierto.



domingo, 23 de abril de 2017

Girasoles de óleo.


Hay algo mucho más allá de las palabras y la cognición misma. 
Existe un eje invisible que guía nuestros pasos en esta espiral desinhibida llamada existencia. 
El hermano más pequeño de mi madre ha dejado este mundo recientemente y yo me quedo con ese sin sabor de todas aquellas conversaciones diáfanas que ya nunca más tendremos. 
"Compaire Peiro", le saludaba yo en broma.
"Comaire Lola" Me respondía en el acto.
Los juegos de naipes, las tazas de té, las bromas y risas que se llevaba el viento, 
Los "almuerzos mágicos" como les llamaba él siempre y cuando cumplieran con algunos requisitos: Tallarínes blancos con bistec; pebre cuchareado; algo para beber (lo que fuera) y una buena compañía. 
Mucho discutimos, muchas veces. No le gustaba la sociedad, no le gustaba el protocolo, mucho menos la formalidad. Le gustaba en cambio, juguetear y hablar con las mascotas; pintar bajo la sombra de árboles grandes y leer a autores que le transmitieran consecuencia ideológica. 
Los artistas modernos no le convencían, a menos que fuesen suficientemente potentes y claros en sus mensajes como para despertar su curiosidad. 
Mucho discutimos... para bien y para mal. 
A veces me enojaba tanto su carácter libre de ambajes y afluente de gestos simples y despectivos, que pasaba días sin conversar con él. Nunca más de dos. 
Siempre terminábamos comentando la contingencia o alguna ideilla de soslayo que surgiera de la nada. 
Era un misántropo de primera línea.
Nunca duraba mucho en un empleo, porque los empleos intentaban encasillarlo, darle reglas o elitismos en los que no cuadraba. Era un observador de la sociedad y un critico desertor de los estatutos comerciales. 
Gustaba mucho del arte pictórico y poseía un extenso dominio de teoría y técnicas que aderezaba con ideas propias. Inventor del "óleo del pobre" como llamaba a una mezcla de témperas, cola fría y su ingrediente secreto (que se llevaría a la tumba) el cual esparcía en sus paletas y lienzos para crear ese color opaco y duradero sin gastar ni la mitad de lo que gasta un pintor corriente.
Logró engañar a más de un comprador. También logró que alguno de sus cuadros traspasara las barreras del país. 
"El pintor no pinta la realidad, pinta lo que ve" solía decirme mientras sostenía su inseparable pipa. 
Mucho discutimos. Mucho debatimos.
Me acompañó en mis tardes de niña, adolescente y universitaria. Me hizo varios regalos interesantes y útiles como buenos libros. 
Siempre incomprendido. Siempre artista. Vivió como quiso y murió como pintor, 
Tengo millones de recuerdos, millones de partituras en mi cabeza. Algunas de sus melodías de músico esporádico se quedaron para siempre en mis orejas resonando. Su sentido del humor agudo y espontáneo, una de las pocas cosas que heredó de mi abuelo, era certero y a la vez abrumador. 
Pensar en él y sentir la "nostalgia futura", como diría mi amiga Natacha, es algo que me aprieta un poco el corazón. 
Tener esa convicción de que fue tanto lo que compartimos que sabría de antemano sus respuestas ante cualquier pregunta que me surgiera, su cosmovisión y su postura irrevocable.
Girasoles de Van Gogh en esta noche algo cálida. Girasoles de óleo (óleo de verdad, eso sí) para otro artista que se va a los cielos del divisionismo.
Mucho discutimos.
¿Y ahora con quién voy a discutir?



sábado, 17 de septiembre de 2016

De los momentos de estancia.


Es 17 de Septiembre. Las calles se desdibujan a través de paisajes que remueven sus colores en infinita condescendencia con el sol.
El pasto rebosa de mordiscos del tiempo y los gatos sobre los tejados y en las rejas reposan un acabado Agosto de ajetreo.
En las radios circundantes suenan melodías de paso, de postal, de tarjetita tipo "gif". Mis pasos resuenan en el pavimento como crujidos de ripio aplastado por troncos desafiantes.
Chilenidad. ¿ Qués es eso? Reflexiono mientras contemplo el cielo escaso de nubes y de brisa; mientras reconstruyo en mi mente los retazos de noticias que recolecto a diario en los medios.
Jubilación paupérrima, alto al rodeo, las fondas veganas, los rituales a mártires de conductores ebrios, los adolescentes del mundo desechable...
Y mi libertad termina donde comienza la de mi vecino, ese, el de la música postal...Y la libertad de los veganos termina al borde de las parrillas de más de la mitad del país... Y la libertad de los adultos mayores concluyó mucho antes de que jubilasen... pero aún así, termina en el doblez de los bolsillos del acaudalado ejecutivo gerencial de las AFP.... Y los mártires, ya no pueden clamar por su derecho a transitar por una vereda sin ser reventados contra una pared por un conductor mareado y acelerado que logra su minuto de éxtasis arcade... Y los animales del rodeo pastan en paz, sin pensar ni sospechar que serán llevados al coliseo donde la clase acomodada se beberá unos traguitos a su salud mientras un caballo "manda'o" lo aporrea.
¿Es eso la Chilenidad?
En otros lugares habitan personas sencillas y tranquilas que se regocijan con servir y compartir con otros conciudadanos, como el encargado del local de almuerzos que está a pasos de mi trabajo, que ayer se acostó cansado y exhausto sólo por haberse multiplicado y generar con sus manos, doscientas empanadas y tres ollas de almuerzos, para no "dejar bota' a la gente que viene pa'cá".
O los artistas callejeros y no callejeros que llevan y traen magia donde sea que se instalen, que con sólo verlos ya te alegran la existencia.
Los conductores alegres... (no borrachos)
Los feriantes risueños...
Los profesores de verdad... (mi gente)
las vendedoras de pancito, tortillas y dulces...
Los jardineros que respiran el rocío...
Los estudiosos que estudian...

Las particulas de arena que forman la playa, eso es cada ciudadano y el espíritu colectivo abrazado por la vida que es el mar, incierta y cadenciosa. Fugaz y potente.  Calma y tan viva a la vez, incluso en llamas.

Y bajo ese cielo azul casi vacío de nubes y con esa música postal de fondo, recorro mis pisadas, pensando, maquinando, cómo intervenir...interferir...
Llego a casa y tomo mis palabras, canto, escribo, y me proyecto para una nueva vuelta de este ciclo sin fin inserta en esta polis-playa de colores y paisajes.







domingo, 15 de febrero de 2015

El perdón de la Serpiente. (Cuento de Graneros)


Mi abuela creció en el pueblo del Graneros, hacia el sur de la Región Metropolitana de Chile. Muchas historias se contaban en esos años, donde no había televisión y donde las personas construían su cognición, en parte, a través de la tradición oral.
Una de las las historias que más llamó su atención de niña fue la que le contó su padre cuando, un día, al remojarse los pies en un canal, su pierna fue abrazada fuertemente por una serpiente que pasaba por ahí, causándole un tremendo susto, que le dejó como recuerdo un gran temor hacia estos animales.
La historia dice más o menos así:

Hace muchos muchos años, vivió en el pueblo de Graneros, un hombre joven, cuyo pasatiempo era recorrer el bosque en busca de plantas y frutas. Cada momento libre lo pasaba allí, encantado por las bondades de la naturaleza. Cierto día y luego de haber llenado un canasto con sus hallazgos, notó que algo se deslizaba por el pasto. Al voltear, puedo ver a una pequeña serpiente amarilla y gris que le observaba con sus ojillos brillantes. Al principio tuvo miedo, pero luego se dio cuenta de que se trataba sólo de una cría y que, claramente no deseaba lastimarlo. Se acercó sigilosamente y le habló con voz suave. La serpiente seguía observándolo y parecía hipnotizada.
El joven regresó a casa, trayendo sus cosas y pensó que sería interesante tener una serpiente como mascota, o mejor aún, como amiga de la naturaleza. Al día siguiente regresó al mismo lugar y una vez más, la pequeña serpiente apareció y le observó.
Así transcurrieron varios días y cada vez que el joven llegaba a ese lugar, la serpiente se acercaba a él para observarlo y oír cómo le conversaba. Un par de meses más tarde, el joven, ya confiado, la puso en el canasto y se la llevó a su casa.
La serpiente parecía tener una gran inteligencia pues se convirtió en su fiel compañera. Lo seguía a todas partes, dormía a los pies de su cama y sólo salía de la casa para cazar su alimento. Por su parte el joven sentía un verdadero afecto por ella y se sorprendía de lo fácil que se había adaptado a todo y cómo era ya casi doméstica. Casi.
Pasaron dos años y todo seguía igual. La gente del pueblo comentaba que el joven estaba algo loco, o debía estarlo, para tener un animal salvaje como ése en su propia casa. Pero como no causaba daño a nadie, terminaron acostumbrándose a la idea.
La serpiente había crecido. Medía un metro y medio de largo y su color amarillo ocre, se difuminaba con el negro y gris de las otras rayas de su cuerpo. Era hermosa. De bellos e intensos ojos amarillos.
Un buen día, el joven regresó a casa más temprano de lo habitual. Venía con el rostro encendido y una novedosa felicidad. Limpió y ordenó toda la casa. Se puso su mejor ropa y esperó. Al cabo de unas horas apareció en la puerta una dama de una edad similar a la de él. La serpiente observaba atenta por la ventana. El joven recibió a su invitada con un beso y le pidió amablemente que ingresara. Una vez en la casa, grande fue la decepción del muchacho al ver cómo su novia, gritaba despavorida al ver a la serpiente con la cabeza alzada frente a ella observándola con desconfianza. Sin saber qué hacer, el joven tomó a la serpiente y le dejó encerrada en su cuarto por el resto de la velada. La serpiente esperó, con hambre, con calor, y finalmente cuando el joven regresó triunfante, salió presurosa por la ventana a buscar alimento.
Un par de meses pasaron en los que la situación se repitió de manera muy similar. La novia del joven no gustaba de las serpientes y no podían estar juntas en la misma habitación.
Y llegó el momento en que el joven debía tomar las decisiones más importantes de su vida. Estaba enamorado y deseaba casarse. Fervorosamente se lo pidió a su novia, quien frunciendo las cejas en tono de mando decretó: "Sólo me casaré contigo, si sacas a ese bicho asqueroso de tu casa".
El joven estaba triste, muy triste y en un acto de amor, creyendo hacer lo correcto, tomó a la serpiente y la llevó a un bosque mucho más lejano que el del pueblo, dejándola abandonada allí y regresando rápidamente en vehículo a su casa.
La boda se llevó a cabo sin problemas y durante los meses siguientes, todo fue felicidad para los novios. Todo, excepto que el hombre, amante de la naturaleza, extrañaba horriblemente a su serpiente.
Un año pasó y luego de convencer a su esposa de que nada malo podía suceder, se encaminó a los bosques en busca de su amiga salvaje.
Sabía que podía encontrarla. Comenzó a silbar, como siempre hacía para llamarla. Nada sucedía.
Cuando ya estuvo cansado de tanto andar y dio la media vuelta para regresar a casa, descubrió que detrás de él, estuvo la serpiente, todo el tiempo, observándolo en silencio. Sus ojos amarillos brillaban, perlescentes. El hombre corrió y la tomó en sus brazos. La alzó en el aire y le habló con su máxima ternura. Ella lo observaba hipnotizada, como antes, como siempre. El hombre estaba feliz.
La serpiente se abrazó a él y cerró sus ojitos en señal de amistad y afecto.
El hombre depositó su canasto en el suelo y la puso dentro. Ella se alzó con la cabeza muy rígida y antes de que el hombre pudiese hacer nada, comenzó a silbar agudamente, con fuerza...chillaba de manera extraña como el hombre nunca le había oído hacer.
Y entonces sucedió.
El pasto empezó a sisear y decenas de Philodryas Chamissonis salieron de todas partes. Decenas.
En cuestión de segundos el hombre estaba completamente cubierto de serpientes que le mordían rabiosamente y le apretaban con fuerza. La suya, sin embargo, seguía erguida dentro del cesto, mirando atentamente.
Días más tarde cuando encontraron el cadáver del joven entre los pastos, nadie podía comprender cómo había sido posible que muriese de esa forma.
La Philodryas Chamissonis posee un veneno poco poderoso, que se concentra sólo en el área mordida. Un ataque a un ser humano por parte de varias, era algo nunca antes visto. Y por esa misma razón, en un par de meses, nadie volvió a comentar nada.

Mi bisabuelo concluyó su historia diciéndole a mi abuela, entonces niña: "La naturaleza no perdona hija. No puede ser de otra forma. La naturaleza no permite que se le pase a llevar, ni siquiera con los pies en un canal. O la respetas o la respetas".







domingo, 25 de enero de 2015

El Trueque. (Historia real)


Muchas historias hay, que no debieran ser contadas. Otras, en cambio, se guardan en el corazón como un muñón de tela, en lo más recóndito . En ese lugar especial, dedicado a las cosas dolorosas.
Conozco a la señora Carmen hace muchos años. Hemos pasado muchas sesiones de té juntas, conversando los más variados temas. Intercambiando opiniones y pensamientos con certero respeto.
Mayor ya, casi de 80 años, con una memoria evocativa muy aguda, representa paisajes pasados de su vida, como en un radio-teatro cierto y contundente.
Una de los relatos más tristes que me narró, fue aquél que acaeció cuando ella tenía sólo 10 años:

La historia comienza en la ciudad de Talca, donde ella y su familia compartían una modesta casita casi a las afueras. Hija de un padre alcohólico y una madre machista, Carmen crecía como una flor silvestre en el campo, soportando los gritos, los llantos, la pobreza y las injusticias que le circundaban día a día.
Su padre traía poco dinero a casa, ya que consumía gran parte de sus ganancias en los bares o botillerías cercanas. Para colaborar con los gastos, la madre lavaba, planchaba, remendaba ropa a pedido y además cantaba en los matrimonios y funerales. Carmen pasaba los días jugando en el patio con su hermana María, dos años mayor que ella. Su mejor y única amiga. Dormían juntas, lloraban juntas, se escondían juntas bajo la cama cuando el padre regresaba jadeante y sediento aún, arrastrando los pies para cuestionar con severa rectitud el aseo de la casa, la temperatura de la sopa, el color del brasero y todo detalle que pudiese despertar su rabiosa incorformidad desencadenando el caos y martirio de la familia. Ellas se tapaban los oídos en ese lugar, abrazadas, y por unos segundos, todo parecía desaparecer.
María tenía unos ojitos vivaces y un largo pelo rubio con mechitas que, a veces cubrían sus ojos. (Razón por la que el padre a menudo, durante su embriaguez solía aseverar con enfadado desdén "Esta cría no es mía...Es rucia", lo que le costaba a la madre una nueva paliza.
Carmen y María jugaban y cantaban mientras colaboraban con el lavado de prendas en la artesa de la casa, junto a los árboles. Nunca percibieron esa presencia apoyada en la reja. Y si lo hicieron, jamás le dieron importancia.
Un vejete, de unos 60 años, lozano y con esa apariencia vigorosa de hombre de campo, solía pasar por allí a diario en su caballo. A veces, se bajaba a espiar a las niñas a través de la envejecida verja. Sus ojos se quedaban fijos observándolas y un hilillo de saliva, asomaba de su boca que ya comenzaba a mostrar los primeros espacios que deja la caída de los dientes.
Las niñas parecían ignorarlo y esto, era precisamente lo que lo hacía regresar una y otra vez.

Cierto día de otoño, el padre regresó a casa arrastrándose, borracho, como jamás le habían visto. Traía una mueca de alegría deslavada en el rostro. Reptó hasta la entrada y se quedó allí, riendo como un demente.
-¿Qué pasa, Viejito?- Preguntó la madre con aspecto sorprendido.
- Me dieron el chuico máh grande del negocio... toos esos litroh pa' mí... Prepara a la rucia, mi compadre Peiro la viene a buscar...-
-...Pero...¿Por qué?- Inquirió la madre - ¿Pa' qué la va a querer tu compadre...?-
-Jajajajajajajaja ¿Cómo que pa' qué? Pa' casarse con ella poh... Se la cambié por el chuiquito grande... a mí no me sirve pa' na esa rucia 'e mierda...-
La madre se quedó perpleja. Los ojos llenos de lágrimas. Pero no podía contradecir a su hombre. Era la ley. Eran las reglas. El dinero escaseaba...Una boca menos para alimentar.

Carmen y María no entendieron de qué se trataba esto. La madre le articuló un par de frases que para ellas sonaron inconexas. "Marido", "obediente", "vas a estar mejor" "No tan lejos". Ellas sólo se tomaron de las manos expectantes.

No transcurrieron muchas horas antes de que una carreta se detuviera frente a la casa. Un viejo de unos sesenta años avanzó con paso firme por el jardín, cruzó el patio donde tantas veces observó a María cantar y jugar y se dirigió a la puerta. Serio y agreste. Hostil y severo.
-Vengo por lo que me prometió al compadre-
Nadie dijo nada. Nadie hizo nada.
María, con los ojos llenos de horror, de pronto pareció comprender. Corrió hasta su cama y se metió debajo, sollozando y gritando.
-Mamita...no deje que me lleve!!!...no deje que me lleve!!!! él me da miedo...me da miedo...ME DA MIEDO!!!
Carmen corrió a esconderse junto a su hermana y juntas lloraron abrazadas largamente, hasta que una gran mano de hombre comenzó a tirar de ellas con una fuerza descomunal. María arañó el piso mientras era arrastrada violentamente fuera de su escondite. Las marcas quedaron impresas en la madera como prueba de su intento por escapar, por aferrarse a su vida de niña de 12 años, que jugaba con muñecas...
Carmen se quedó ahí, con los oídos tapados tratando de ser invisible.
La carreta partió y varios minutos después se seguían oyendo los gritos de María.
***

La señora Carmen aún llora recordando las noches posteriores a aquél suceso.
"No podía dormir. Me parecía escuchar a mi hermana gritando todavía. Tenía miedo de que me pasara lo mismo. Los extraños me asustaban. Las carretas frente a la casa... Muchas noches me dormí debajo de la cama, haciéndole cariño a las marcas que dejó la María en el piso y nunca, nunca, he podido sacármela de la cabeza...todavía la echo de menos y pienso en lo unidas que seríamos si estuviese..."

Cuando le pregunté qué ocurrió con María, me narra:
"Mi hermana pasó varios años encerrada en la casa de ese desgraciado. No la dejaba salir ni ver a nadie. Tuvieron tres hijos, todos nacidos en la misma casa, con ayuda de parteras... Cuando cumplió los 18 años, una tarde, finalmente la sacó de paseo con los niños en la carreta...Y cuando habían avanzado un buen trecho, ella se lanzó hacia adelante y murió aplastada por las ruedas... Yo creo que llevaba años esperando y planeando eso... "

El relato de la señora Carmen me impacta. Le pedí autorización para narrarlo en este blog y ella con su mirada sencilla me respondió: "Bueno sería, pa' que la gente sepa cómo era la vida antes...cómo era la gente con los niños, con las niñas...nacer mujer era como un castigo de Dios, una condena...Las niñitas ahora van al colegio, se casan con quien quieren, van a la universidad, imagínate... mi hermana a lo mejor hubiera sido tan feliz en este tiempo de ahora, si era bien habilosa ella, más que yo... y si no hubiéramos sido tan pobres..."
***

Es una horror decir que el abuso y la violencia hacia menores, en pleno año 2015, es algo que no se ha erradicado y que, probablemente no se erradicará. Las formas han cambiado, los escenarios han cambiado, pero el truncar la vida a niños y niñas, sigue siendo un acto masivo y corriente en los distintos estratos, regiones y sectores de nuestro país.
Admiro el optimismo de la señora Carmen respecto al paso del tiempo, pero también me planteo y replanteo que la infancia debe ser protegida a como dé lugar. Una sonrisa a un niño, el llamarlo por su nombre, el respetarlo en toda forma posible, el ser uno de los pocos adultos coherentes y amigables que conocerán...es ya un pequeño paso en esta lucha...

En memoria de María Toloza y de todas esas otras Marías y Marios anónimos.