lunes, 17 de febrero de 2014
Tarde en el Hospital...Poesía Enferma...
Y allá vamos otra vez. Cuando el reloj marca las 14:40 nos dirigimos rumbo al paradero de buses bajo un encantador cielo vacío de nubes, acaloradas a más no poder. Con paso rápido y mirando el reloj. Cómo no mirarlo si tenemos una cita... Lamentablemente no se trata de "Uno a Uno" versión tercera edad, o de algún chat de la CONAMA. Se trata simplemente de mi abuela y yo corriendo hacia el Hospital Dr Sótero del Río, institución que atiende a demasiadas personas provenientes de demasiados lugares y para más remate, con demasiados problemas alternativos y alternados. Tal es la cantidad de gente que alberga que, a sus afueras, prolifera la venta de toda clase de productos y objetos, lo que se traduce en que si eres comprador compulsivo puedes ir a atenderte y regresar a casa con zapatos, poleras, gorros, y masticando algún completo, churro, calzón roto o la clásiquísima sopaipilla con mostaza, desayuno ideal de la madre apurada y chascona que lleva los 3 niños a control. La misma que le recalca con orgullo al médico que aquellos pequeños padecen un hambre voraz, ya que ingieren 3 tazas de té al hilo.
Llegamos al "Centro de tratamiento", lugar donde debíamos ir según nuestro papelito doblado para encontrarnos con una fila de varias personas con cara de aburridas. Miré a mi alrededor y divisé cerca del pasillo a un anciano que avanzaba moviendo un pie cada 4 segundos más menos empujando a otro en una silla de ruedas. El de la silla reclamaba y reclamaba aparentemente por la cantidad de unidades en los paquetes de pañales. Se veían cansados y resignados.
Al llegar al final de la fila, un joven gordito miro mi papel con cara de Harry Potter ante la piedra filosofal y luego de ir a preguntar adentro regresó con cara de Harry Potter pero cuando deja caer la piedra filosofal: "No...no es acá. Deben ir a Glaucoma al final del patio"
Suspiramos.
Partimos el camino que parece penitencial, dejando atrás a los ancianos de la silla de ruedas y serpenteando entre camillas, guaguas, niños, embarazadas y más ancianos. Llegamos al edificio blanco de dos pisos, situado en la parte más lejana desde que te bajas del bus o metro para encontrar lo más apasionante de estas visitas: Otra fila. Intento ubicarme tras la última persona, pero una voz de ultratumba susurra diabólica, al más puro estilo "niña de El Aro": "Yoo vengo despuéeess..." Se trata de una señora mayor sentada junto a quienes esperan. Poco tardo en descubrir que hay unas cuatro más que igualmente "vienen despuéeees" En eso aparece mágicamente de la nada una muchacha de trajecito blanco con burdeos mencionando el nombre de mi abuela, quien venía algunos metros más lejos. La espero. Le ofrezco ir al ascensor, pero cuando vamos raudas e ilusas soñando con esa sensación celestial de elevarse, se oye la voz de la señora guardia: "Ta malo el ascensoooor"
Escaleras para mi Yaya y yo consolándome con la idea de que sólo son dos pisos.
Llega arriba exhausta debido a la rapidez que aplicó al subir y se desparrama en un asiento mientras le prueban cristales y le ordenan recitar lo que va viendo. Luego de 15 minutos, la chica le entrega una receta que debemos presentar en el "Centro de tratamiento". Parece un chiste cruel.
Bajamos. Peregrinamos el patio. Volvemos al inicio a una nueva fila que afortunadamente sólo tiene una persona. Sonreímos Al llegar, nos atiende una señora que musita protocolar: "Necesito el formulario de Fonasa...tiene que ir allá, adelante a pedirlo, junto a la Farmacia"
Dejo a mi Yaya sentada y parto veloz al principio del edificio, a la entrada principal. Allí hay UNA NUEVA FILA de aproximadamente 15 personas. La paso con paciencia divina. Regreso con el formulario y luego de llenarlo nos dirigimos a la óptica, que para nuestra suerte está ahí mismo.
Unos marquitos de prueba. El dinero para el fotocromado, que no está incluido en lo gratis, a pesar de ser necesario por su fotofobia, y ya estamos listas. Cansadas pero listas.
Salimos gloriosas pensando en tomar un helado mientras un rechinar de ruedas viejas se va perdiendo tras nosotras acompañado de una voz que alega por los pañales que vienen en las bolsas y un acompañante que musita algo con tono resignado. Lleva un papel y está dudoso.
Pienso "Francamente, podría ser peor".
Pienso: Pezoa Veliz* no estuvo en el Sótero..."
*Carlos Pezoa Véliz, autor de un poema llamado "Tarde en el Hospital."
miércoles, 11 de septiembre de 2013
El incomprensible dolor de la mutilación preservante.
Cuando hablamos de mutilación, se ve como algo fuerte, doloroso, un ultraje a la integridad de la existencia.
Pero, ¿Qué sucede cuando esa mutilación es en pro de un bien mayor? ¿Es por ello menos dolorosa? ¿Menos mutilación?
Y yo que me sorprendí medianamente al ver cierta película de terror donde el tipo debe cortarse una pierna para poder huir de su encierro impuesto. De haber sabido lo que la vida me deparaba me hubiese horrorizado.
Hace un par de años mis retinas se pusieron tirantes...el doctor dijo "tracción" y comenzó una serie de sesiones láser para "prevenir el desprendimiento". Rayos verdes y punzantes que atravesaron mi ojo de un lado al otro. Nada dijo de lo que vendría después. Nada, dado que lo de ese entonces era tan imperativo que no daba cabida a la duda...o a la explicación.
Al principio no sentí gran cosa, salvo una película roja en la parte inferior del ojo y en uno de sus costados. Creí que pasaría. Con el correr del tiempo se fue convirtiendo en una especia de río caudaloso corriendo a gran velocidad. Pregunté. Recibí como respuesta un "No te preocupes, con el tiempo tu cerebro ya no verá esas cosas".
Pero siguieron allí.
Al cabo de un año y en mi control de rutina fui diagnosticada de cataratas. Horror, Mi cristalino moría todos los días, lentamente...una niebla espesa empezaba a albergarse en las ampolletas y en las luces de los autos. Recordé a mi tata,ciego, sentado en la cama con los ojos inactivos producto de esa misma dolencia. Tristeza... las cirugías láser habían detonado en esto.
Primera mutilación proactiva.
Mucho tiempo después y cuando ya me era casi imposible salir de noche, realicé los trámites para intervenir las opacidades del cristalino.
Luego de pagar una considerable suma de dinero fui intervenida en una clínica por mi doctor y otro que lo asistió con cara de chiste. Extirparon mi cristalino agónico y lo reemplazaron por un lente de cristal de policarbonato más conocido como plástico. Modelo IQ.
Recuerdo la cirugía sólo como un segundo, ya que a pedido de mi médico fui drogada al máximo sin perder la conciencia para cooperar en el procedimiento. Recuerdo una imagen blanca tipo vidrio catedral y un sonido de nylon rompiéndose...un zumbido como de maquinita de dentista...y nada más.
Desperté con la sensación de haber perdido algo, aunque en realidad era algo casi muerto ya.
Un par de días después noté los efectos del lente. Podía ver los árboles a través de la ventana, pajarillos, televisión...pero...no lograba distinguir ni mis manos, ni mi ropa, ni mi comida, ni ningún objeto que estuviese cerca. Todo borroso, sin detalles.
Nuevamente pregunté. "El cristalino cumple la función de enfocar objetos, ya no lo tienes, por ende no hay enfoque, sólo la visión de lejos sin detalle que te otorga el lente."
"¿No podré volver a ver detalles?" Pregunté trémula.
"No...sólo con la ayuda de otros lentes ópticos"
"Pero...y si tengo una emergencia en la casa y no están a mano...no puedo ver mi celular..."
"..."
Segunda mutilación.
Con el paso de los días un nudo se me atoró en la garganta. Me paseaba por mi casa mirando distintos objetos, sintiendo cómo la vida nunca volvería a ser la misma...en pro de mi bienestar.
Extrañaba horriblemente mis largas tardes de lectura, de juegos, de estudio.
Extrañaba ver de cerca con detalles como antes...Hasta extrañaba la burla que me hacían en la escuela por mirar las cosas tan encima.
¿Dolor físico? Ninguno. El famoso lente parece no estar ahí.
En mi siguiente control pregunté por mis orillas con río. Insistí. Quería respuestas reales, claras, no infantiles. "¿Por qué no ha desaparecido?"
"Porque bueno, la verdad es que tienes alrededor de tu retina una especie de cicatriz en forma de cordón que se te hizo cuando yo la quemé con láser. Esa parte ya está muerta y tú no la ves, sin embargo ese cordón provocó que le gel que rellena el ojo se resintiera haciéndote ver esa especie de cortina o velo que tú describes como río."
"¿Lo veré para siempre?"
"Sí...yo podría sacártelo, pero no lo encuentro necesario...puedes vivir con eso...además...tu retina estará a salvo de desprenderse gracias a ese láser...fue una cosa por otra."
Entonces rompí en llanto como nunca lo había hecho en todos estos años de oftalmológo. Y lloré largamente...lloré por el río, lloré por mi cristalino reventado, lloré por mis años de lectura sin lentes...lloré por cada control que tuve de niña donde me aplastaban los brazos para mirarme con una lupa gigante que me causaba un ardor horrible....lloré por ese cordón hecho de quemaduras...lloré por esa cadena de incidentes que parece no tener fin...lloré por mi otro ojo que también debe ser operado de cataratas en un par de años más...lloré por el ultraje proactivo que significa someterse a que alguien te mutile...lloré y lloré.
El doctor se quedó mudo, impávido, con una expresión entre dura y asustada. Miró a mi mamá y le dijo con voz de sentencia preocupada:
"Está incubando una depresión...debes tratársela a tiempo..."
Y mientras salíamos de su oficina a paso lento, oí cómo murmuraba con voz ocupada:
"No entiendo..."
domingo, 18 de marzo de 2012
Helen Keller y un flashback necesario.
"¡¡Kotéeee...mira, ven!!" La voz de mi madre resonaba el pie de la escalera.
Bajé curiosa para ver su dedo apuntando hacia el televisor.
Y allí estaba. Un reportaje sobre uno de los dos colegios para niños ciegos que existen en Santiago: Helen Keller. Cuando uno escucha ese nombre y no está familiarizado con el tema, tiende a creer que se trata de alguna señora millonaria que lo construyó por beneficencia. Sin embrago, detrás de él, se esconde la historia de una escritora sordo-ciega que aprendió a comunicarse usando sus manos. Se destacó por sus textos autobiográficos y por recorrer muchos lugares dando charlas acerca de la discapacidad.
El colegio lleva su nombre en forma de homenaje.
Comencé a observar las imágenes del reportaje y de pronto, una avalancha de recuerdos invadieron mi mente: El ver los pasillos, ventanas, escaleras, trajo a mí una serie de sensaciones, algunas de ellas ya olvidadas: El olor de las salas de clases...de la cocina... las sesiones de violín de los días Martes, mis manos jugando con los pianos del salón...El equipo de Goalball* de los niños grandes...
Fui muy feliz en ese lugar. Ingresé a los 5 años a cursar Kinder, debido a que en el colegio donde había cursado el año anterior, y por unos anteojos mal recetados, me habían expulsado argumentando que yo no estaba apta para estudiar con niños normales. (Y cómo no, si andaba chocando con todo!!)
Estuve sólo un año en Helen Keller, pero aprendí cosas para toda la vida. Las clases sensoriales desarrollaron mis otros sentidos, el compartir con niños discapacitados me hizo mas empática a la diversidad y más sensible al dolor ajeno. Ver cómo ellos eran tan capaces y auto-suficientes me dio el coraje para pararme y exigir derechos en una escuela normal el año siguiente...y todos los años siguientes.
Recordé esas mañanas con mi mamá en la micro, camino a clases con mi morralito amarillo. Y las muchas veces que las tías me disfrazaron de distintas cosas y tuve que representar audicuentos. El colegio era pagado, pero los alumnos de escasos recursos como yo teníamos benefactores anónimos que corrían con gran parte de los gastos. Después comencé a irme en furgón escolar con esa ayuda.
Y el día en que la directora nos dijo que no podía seguir ahí, porque quitaba el cupo a un niño ciego estando totalmente capacitada para la vida normal, hice mis buenos pucheros y me fui a casa con mi corazón de niña oprimido. No sabía lo que me esperaba.
No entendía que lo que ella me quiso decir en ese momento era que me estaba graduando, que el proceso ya estaba completo para mí.
...
Sentada en el sofá con mi madre viendo la tele, comencé a llorar sin parar y un sentimiento de alegría extraño me recorrió. Miré hacia el lado...Y ella también estaba llorando.
*Goalball= Juego paralímpico de pelota similar al fútbol que utiliza un balón relleno con cascabeles y se juega de sólo 3 personas por equipo. El balón no se lanza por el aire, sino que debe rodar por el piso y los jugadores intentar evitar que toque su portería. Se juega con las manos. Fue inventado en Alemania para los soldados discapacitados por la II Guerra Mundial.
viernes, 27 de enero de 2012
Analfabetismo musical.
Otra noche larga. Hoy he estado algo decaída y por recostarme unos instantes, terminé durmiendo toda la tarde, cosa que aún me tiene despierta a pesar de lo avanzado de la hora.
Esta semana he conocido al novio de una de mis alumnas que es ingeniero en sonido. Ha venido a mi sala a ofrecerme ayuda en la finalización de mi disco (Que por cierto y a falta de guitarra veía cada vez más lejos)
Ha hablado de un precio absolutamente razonable, que me ha dejado encantada.
Y comienza mi dilema de toda la vida. Mi analfabetismo musical. (nomenclatura que yo le he dado a mi ignorancia técnica y teórica de lo relativo a la música.)
Francamente me avergüenza mucho decir que a mis 28 años, no poseo dichos conocimientos. Pero más vergüenza aún me da reconocer y aceptar que sólo se debe a flojera: Material hay, textos en la web, videos tutoriales, mi trabajo se encuentra a pasos de las galerías de libros... Y mi vergüenza crece. Y crece más todavía cuando vienen las temidas preguntas..."Y en qué métrica están tus canciones?" "Y cuál es la tonalidad?" "Tienes listas las partituras?" "El material que tenes ha sido grabado por línea?"
Y yo me hago pequeña...Y con un hilo de voz respondo humildemente: "Ehh...sí, por línea, parece que la métrica es de 3/4, no sé hacer partituras y la tonalidad...la desconozco".
Entonces mi interlocutor sonríe amistosamente y musita un tranquilizador: "No te preocupes, lo veremos en el camino, yo te puedo explicar algunas cosas..."
Y comienza a hacer un esquema de lo que será el trabajo que se viene. Me explica por qué un mp3 es absolutamente inferior a un archivo en wav. Y yo almaceno todo en mi cerebro como un procesador de la mejor calidad. Así, pequeña, oyendo consejos y datitos útiles, voy tapando un poco mi analfabetismo y tomando de todas partes lo necesario para al menos no poner caras de pánico al escuchar alguna pregunta.
Agradezco con movimientos de cabeza y casi sin voz, mientras me imagino saliendo del edificio directo a comprar algún libro...
Y de pronto la puerta de la sala se abre y entra una alumna. Mi postura se eleva, reaparece mi voz, dejo de ser pequeña y exclamo muy tranquila y normal: "Good evening Lady"
...Y la hora de salir llega...salgo...cruzo la calle...y me voy feliz a la tienda...por un queque para llevar a casa.
Esta semana he conocido al novio de una de mis alumnas que es ingeniero en sonido. Ha venido a mi sala a ofrecerme ayuda en la finalización de mi disco (Que por cierto y a falta de guitarra veía cada vez más lejos)
Ha hablado de un precio absolutamente razonable, que me ha dejado encantada.
Y comienza mi dilema de toda la vida. Mi analfabetismo musical. (nomenclatura que yo le he dado a mi ignorancia técnica y teórica de lo relativo a la música.)
Francamente me avergüenza mucho decir que a mis 28 años, no poseo dichos conocimientos. Pero más vergüenza aún me da reconocer y aceptar que sólo se debe a flojera: Material hay, textos en la web, videos tutoriales, mi trabajo se encuentra a pasos de las galerías de libros... Y mi vergüenza crece. Y crece más todavía cuando vienen las temidas preguntas..."Y en qué métrica están tus canciones?" "Y cuál es la tonalidad?" "Tienes listas las partituras?" "El material que tenes ha sido grabado por línea?"
Y yo me hago pequeña...Y con un hilo de voz respondo humildemente: "Ehh...sí, por línea, parece que la métrica es de 3/4, no sé hacer partituras y la tonalidad...la desconozco".
Entonces mi interlocutor sonríe amistosamente y musita un tranquilizador: "No te preocupes, lo veremos en el camino, yo te puedo explicar algunas cosas..."
Y comienza a hacer un esquema de lo que será el trabajo que se viene. Me explica por qué un mp3 es absolutamente inferior a un archivo en wav. Y yo almaceno todo en mi cerebro como un procesador de la mejor calidad. Así, pequeña, oyendo consejos y datitos útiles, voy tapando un poco mi analfabetismo y tomando de todas partes lo necesario para al menos no poner caras de pánico al escuchar alguna pregunta.
Agradezco con movimientos de cabeza y casi sin voz, mientras me imagino saliendo del edificio directo a comprar algún libro...
Y de pronto la puerta de la sala se abre y entra una alumna. Mi postura se eleva, reaparece mi voz, dejo de ser pequeña y exclamo muy tranquila y normal: "Good evening Lady"
...Y la hora de salir llega...salgo...cruzo la calle...y me voy feliz a la tienda...por un queque para llevar a casa.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Tzantza: El misterio que nunca se revelará del todo.
Este sábado pasado me encontraba dando clases como de costumbre y, durante la hora del recreo, me quedé sola en el aula con una de mis estudiantes que es Ecuatoriana. Comenzamos a hablar de todo un poco y de pronto surgió el tema de sus coterráneos los famosos Shuar y su ritual del Tzantza o reducción de cabezas.
Le comenté que yo estaba al tanto de los orígenes y de la base general de dicho ritual, como también de haber visto un pequeño documental en el que la tribu era entrevistada y planteaba que eso era ya parte del pasado, a lo que mi alumna respondió con una cierta sonrisa misteriosa: "Aunque no lo crea ud. en mi país sigue existiendo mucha tribu que aún vive como en el pasado... Y que aún mantiene ciertas cosas...como esas".
Me quedé mirándola con cara de interrogante y ella agregó muy seria: "Mire...yo tengo entendido que el Tzantza ese lo siguen haciendo, aunque ná' más entre ellos, no a los extranjeros...porque para las tribus es muy difícil dejar ciertas cosas que están como tan arraigadas...si no usan ni ropa en algunos sectores, con eso le digo todo...o sea...usan una ropa especial, un atuendo".
Me quedé reflexionando al respecto y recordando que muchas personas han viajado a Ecuador a intentar resolver el misterio del Tzantza. Los Estadounidenses creen tener la respuesta total, pero no es así. Los nativos Shuar o Jíbaros (Nombre que les dieron los Españoles al llegar) se niegan a revelar (Hasta el día de hoy) la elaboración del agua con hierbas en la que proceden a la cocción de la cabeza, o más bien dicho, de la piel que le extraen a ésta en forma de saco y que incluye el cabello. No es la cabeza la que se reduce, sino la piel que es raspada, cocida, rellenada con arena caliente y quemada para formar esta especie de bolsa de forma humana, que solía ser llevada como amuleto para proteger al portador de tres entidades espirituales de su cosmovisión, principalmente de Muisak, espíritu de la venganza que podía, eventualmente, atacar al guerrero vencedor de la batalla si éste no se protegía como es debido...o sea, con este saco. Es por ello que los más antiguos que se han encontrado tienen estas tres espinas clavadas y cocidas en los labios como símbolo de sumisión del fallecido y en representación de cada uno de éstos seres místicos.
Durante el ritual, la piel ya sin ojos ni restos, era hervida durante unos 25 minutos para reducir su tamaño a la mitad y misteriosamente, no perdía el cabello durante dicha cocción. La ciencia moderna ha deducido que esto se debe a las hierbas usadas en el procedimiento, hierbas que hasta hoy, se desconocen.
Todo un semi secreto esto del Tzantza, pero aún así, no deja de ser interesante y si se sigue practicando o no, tampoco deja de ser un punto de inflexión en lo que conocemos como Globalización y pérdida de la herencia cultural....que al parecer y en algunas zonas del Globo...no se ha perdido tanto como se cree.
domingo, 6 de noviembre de 2011
Las cadenas en el aire.
Me siento inadaptada en términos de sociedad. Miro a mi alrededor y veo cadenas por todas partes, y no precisamente de acero. Son imaginarias y la gente se ciñe a ellas de manera vertiginosa.
Esto me recuerda un video que vi hace un par de años, donde una pareja de hombres vestidos de overol simulaba cargar un gran cristal y las personas pasaban por su lado y lo esquivaban, convencidas de que estaba allí.
En cuestiones de pareja siempre he pensado que el problema está en las preposiciones. Se cree que el estar con alguien significa instalarse "Sobre" o "Bajo" el otro, cuando lo más inherente sería hacerlo "Junto".
Esto parece muy fácil de decir, pero no lo es tanto en la praxis. Cuando hablo de sobre o de bajo me refiero al grado de dominación que puede llegar a existir dentro de una unidad humana. Y también, por supuesto, al de permisividad dentro de la misma. Hay personas que literalmente posicionan su existencia sobre la del otro, pretendiendo tener un control no tanto de autoridad sino más bien de conocimiento minucioso del quehacer de éste. Esto incluye llamadas inoportunas para corroborar estado y situación geográfica, sentirse propietario de los bienes que posee, y claro está, del individuo mismo.
En el lado contrario nos encontramos con el caso inverso, o sea, alguien que se siente o cree sentirse debajo del otro, lo que se traduce como una poderosa necesidad de cercanía física no sexual ni amistosa sino más bien autoimpuesta, una constante demanda por atenciones y una fuerte dependencia existencial: (Escucho esta música porque tú la escuchas, hago obras benéficas porque tú las haces, me visto de negro porque a ti te gusta, etc) dejando de lado gran parte de su propio yo en estos eventos.
Cada día me convenzo más de que la gente se rige por reglas que ella misma inventa. Cadenas imaginarias de algodón pero cadenas al fin y al cabo... Y uno pregunta: ¿Por qué? y se le responde: Porque TIENE que ser así. Porque diseñé un patrón de conducta y debo seguirlo.
En mi caso particular, me siento inadaptada porque para mí todo esto es innecesario. Me es muy difícil darme a entender en estos ámbitos debido a que no sigo ningún patrón y la gente está demasiado acostumbrada a ellos. Si yo me relaciono con alguien, no dejo de ser yo, ni me encaramo sobre su vida. No soy buena para las llamadas ni para los controles, no me gusta revisar billeteras ni bolsillos, no doy órdenes porque me gusta la construcción en equipo y equipo es trabajo conjunto,...me basta con saber que una persona desea estar conmigo para sentirme complacida, ya que si no lo deseara, no estaría y punto; comparto gustos con el otro, pero no me adoctrino a ellos; no doy caricias de mascota en público porque no necesito demostrar nada a nadie y además porque hay momentos para cada cosa.
Y por último...no deseo casarme. ( Cadenas de papel) Mi mayor anhelo afectivo es tener un compañero que este "Junto" a mí... Y que cada uno tenga una vida propia lo más plena posible sintiendo que puede ser libre, pero verdaderamente libre. Sin cadenas, ni de algodón, ni de acero, ni de papel.
viernes, 7 de octubre de 2011
Las Ruiseñoras en las rosas.
Hoy, mirando un árbol distante, he recordado de pronto aquella historia donde un Ruiseñor, deseoso de ayudar a un poeta triste, entrega su vida tiñendo una rosa blanca de rojo con la sangre que emana de su propio pecho.
Sin duda el autor (Oscar Wilde) no estaba pensando en mujeres cuando redactó esas líneas, sino más bien en los cambiantes deseos volátiles de la gente frívola. Propio de su época de ocaso Victoriano.
Recordando la historia se me ha venido a la mente la idea de que las mujeres, a veces, somos como ese Ruiseñor y colocamos nuestro pecho sobre las espinas de un amor punzante y estático, que nos conduce a una agonía lenta de la cual parecemos sentirnos conformes e incluso expectantes como un sacrificio que, de alguna forma, nos hace sentir más valientes. Pero, ¿Por qué lo hacemos? ¿Cuál es el premio a tal acto? Bueno, a mi parecer, y por lo que he observado en el entorno y en mis años de adulto joven, lo que las Ruiseñoras buscan es simplemente teñir la rosa de rojo, como en el cuento. Se pretende impregnar al hombre de nuestro propio sentir, hacerle cambiar, hacerle ver de otro color y vertimos en ello como gotas de sangre. Dejar un pedazo de nosotras en su vida, sus costumbres, su forma de pensar y sus sentimientos.
El problema es que día a día muchas Ruiseñoras caen extenuadas, bajo los tallos de aquellas rosas que poseen tantos recovecos que sería técnicamente imposible teñir por completo o que ya han sido teñidas por esencias más fuertes. También existen algunas cuyos pétalos son naturalmente de un tono tan intenso que las gotas rojas parecen resbalar en un surco malva deslavado.
Y cuando la rosa se ha teñido de rojo, a veces han pasado años. Y tener ese logro a cuestas parece ser, aún en estos días desechables que vivimos, un mérito femenino digno de medalla, una condecoración a la fuerza de la personalidad y la feminidad. Bueno, sucede también que en ciertas ocasiones, una vez que se ha obtenido el tan ansiado resultado, el desgaste ha sido tan grande que ya se le ha perdido el sentido al asunto y sólo quedan las ganas de volar lejos y cerrar la herida para comenzar otra vez...quizás en otra rosa blanca.
Mi perspectiva personal de todo esto es que no deberíamos derrochar energías en cambiar a una pareja, porque sin darnos cuenta, podría irnos la vida en ello, además en estos días de hoy en los que las cosas parecen ser mucho más simples, debiéramos dejar de regirnos por los patrones arcaicos de dominación genérica. El amor no pasa por un tema de "ajustar" al otro a la propia medida, sino de buscar instancias y construir un vínculo que haga más placentera y holgada la existencia de ambos.
Sin duda el autor (Oscar Wilde) no estaba pensando en mujeres cuando redactó esas líneas, sino más bien en los cambiantes deseos volátiles de la gente frívola. Propio de su época de ocaso Victoriano.
Recordando la historia se me ha venido a la mente la idea de que las mujeres, a veces, somos como ese Ruiseñor y colocamos nuestro pecho sobre las espinas de un amor punzante y estático, que nos conduce a una agonía lenta de la cual parecemos sentirnos conformes e incluso expectantes como un sacrificio que, de alguna forma, nos hace sentir más valientes. Pero, ¿Por qué lo hacemos? ¿Cuál es el premio a tal acto? Bueno, a mi parecer, y por lo que he observado en el entorno y en mis años de adulto joven, lo que las Ruiseñoras buscan es simplemente teñir la rosa de rojo, como en el cuento. Se pretende impregnar al hombre de nuestro propio sentir, hacerle cambiar, hacerle ver de otro color y vertimos en ello como gotas de sangre. Dejar un pedazo de nosotras en su vida, sus costumbres, su forma de pensar y sus sentimientos.
El problema es que día a día muchas Ruiseñoras caen extenuadas, bajo los tallos de aquellas rosas que poseen tantos recovecos que sería técnicamente imposible teñir por completo o que ya han sido teñidas por esencias más fuertes. También existen algunas cuyos pétalos son naturalmente de un tono tan intenso que las gotas rojas parecen resbalar en un surco malva deslavado.
Y cuando la rosa se ha teñido de rojo, a veces han pasado años. Y tener ese logro a cuestas parece ser, aún en estos días desechables que vivimos, un mérito femenino digno de medalla, una condecoración a la fuerza de la personalidad y la feminidad. Bueno, sucede también que en ciertas ocasiones, una vez que se ha obtenido el tan ansiado resultado, el desgaste ha sido tan grande que ya se le ha perdido el sentido al asunto y sólo quedan las ganas de volar lejos y cerrar la herida para comenzar otra vez...quizás en otra rosa blanca.
Mi perspectiva personal de todo esto es que no deberíamos derrochar energías en cambiar a una pareja, porque sin darnos cuenta, podría irnos la vida en ello, además en estos días de hoy en los que las cosas parecen ser mucho más simples, debiéramos dejar de regirnos por los patrones arcaicos de dominación genérica. El amor no pasa por un tema de "ajustar" al otro a la propia medida, sino de buscar instancias y construir un vínculo que haga más placentera y holgada la existencia de ambos.
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